jueves, 19 de septiembre de 2013

CON LA VIOLENCIA NO ACABA LOS TIRANOS, TAN SOLO LOS CAMBIAMOS

Quienquiera examine con algún detenimiento el desarrollo político colombiano desde 1948, no tarda en identificar la coexistencia paradójica de la institucionalidad democrática con la violencia que, desde entonces, prolifera y  persevera de manera extraordinaria en el continente. Algunos resuelven esta paradoja en forma simple, negando que aquí haya existido o exista sistema democrático alguno. Para quienes aceptamos que el sistema político colombiano tiene válidas credenciales democráticas, dicha coexistencia exige explicaciones.

La violencia desatada entre y por dirigentes del partido Liberal y del Partido Conservador en su lucha intestina por el poder y el control del Estado, que ha servido para afirmar la existencia y presencia de uno y otro partido y para crear en las masas populares, el sentimiento de partido, las lealtades de partido, han servido para asirse al poder de forma tal que excluyen a sectores que de una u otra manera tienen que buscar mecanismos de expresión.

De esta manera, usando esta modalidad de la violencia, los dos partidos, siempre dirigidos, manejados y controlados por los sectores dominantes de cada época, lo que los hace, en cuanto al poder de mando y dirección, partidos monoclasistas, lograron apoyo popular, masas del pueblo que después de cada guerra y cada combate quedaban matriculadas del lado del patrón y latifundista que las obligó a formar parte de su ejército o contra el partido a que pertenecía la tropa que mató a sus familiares. Es de esa violencia y de la incorporación forzada de peones, arrendatarios, aparceros, terrazgueros, trabajadores, mineros, etc., a las tropas de uno u otro partido político, de donde surge la matrícula o incorporación al Partido Liberal y al Partido Conservador. De ello deriva un singular, aunque no real, carácter policlasista del que tanto se enorgullecen, especialmente los liberales. Así, son policlasistas en la composición masiva del partido y monoclasistas en su dirección, manejo y control.

Los partidos utilizan instrumentos armados para hegemonizar y sacar ventaja política, el poder local va concatenizándose para tratar de construir poder nacional. Ese proceso a la par que aglutina sectores partidarios va separando agrupaciones lo que trae consigo cierto grado de cualificación política. La violencia partidaria tiene ejecutores que se diferencian en la practica por el seguimiento a un color pero en el transfondo los determinadores no tienen diferencias profundas en materia política (no existen diferencias entre conservadores y liberales en la concepción de estructuras de poder). Por eso la violencia la sufren los “de la base” mientras los jefes de los Directorios Políticos se acompañan  en la repartición de la burocracia incrementando el caudillismo, el caciquismo y el clientelismo.

El sectarismo bipartidista dejó cualquier otra expresión política por fuera del juego de la democracia lo que devino en la ampliación de la violencia como elemento de participación política. Al cierre de las vías electorales a muchos les tocó recurrir a la vía más dolorosa: la vía armada para desde allí buscar los cambios que no pudieron proponer desde espacios civilistas dentro del régimen democrático. Pero a pesar de todo este tiempo signado por la violencia como expresión política, los mecanismos de participación democrática-así sea restringida- han permanecido para legitimar el régimen.

Marx dice que “la violencia es la partera de la historia” y en el caso colombiano la violencia es la partera de nuevos elementos democráticos ya que se ha demostrado que la vía armada no es el mecanismo idóneo para la transformación de las estructuras de poder y podemos decir que con la violencia no acabamos los tiranos, tan solo los cambiamos.


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