CON LA VIOLENCIA NO ACABA
LOS TIRANOS, TAN SOLO LOS CAMBIAMOS
Quienquiera
examine con algún detenimiento el desarrollo político colombiano desde 1948, no
tarda en identificar la coexistencia paradójica de la institucionalidad
democrática con la violencia que, desde entonces, prolifera y persevera de manera extraordinaria en el
continente. Algunos resuelven esta paradoja en forma simple, negando que aquí
haya existido o exista sistema democrático alguno. Para quienes aceptamos que
el sistema político colombiano tiene válidas credenciales democráticas, dicha
coexistencia exige explicaciones.
La
violencia desatada entre y por dirigentes del partido Liberal y del Partido
Conservador en su lucha intestina por el poder y el control del Estado, que ha
servido para afirmar la existencia y presencia de uno y otro partido y para crear
en las masas populares, el sentimiento de partido, las lealtades de partido,
han servido para asirse al poder de forma tal que excluyen a sectores que de
una u otra manera tienen que buscar mecanismos de expresión.
De
esta manera, usando esta modalidad de la violencia, los dos partidos, siempre
dirigidos, manejados y controlados por los sectores dominantes de cada época,
lo que los hace, en cuanto al poder de mando y dirección, partidos
monoclasistas, lograron apoyo popular, masas del pueblo que después de cada
guerra y cada combate quedaban matriculadas del lado del patrón y latifundista
que las obligó a formar parte de su ejército o contra el partido a que
pertenecía la tropa que mató a sus familiares. Es de esa violencia y de la
incorporación forzada de peones, arrendatarios, aparceros, terrazgueros,
trabajadores, mineros, etc., a las tropas de uno u otro partido político, de
donde surge la matrícula o incorporación al Partido Liberal y al Partido
Conservador. De ello deriva un singular, aunque no real, carácter policlasista
del que tanto se enorgullecen, especialmente los liberales. Así, son
policlasistas en la composición masiva del partido y monoclasistas en su
dirección, manejo y control.
Los
partidos utilizan instrumentos armados para hegemonizar y sacar ventaja
política, el poder local va concatenizándose para tratar de construir poder
nacional. Ese proceso a la par que aglutina sectores partidarios va separando
agrupaciones lo que trae consigo cierto grado de cualificación política. La
violencia partidaria tiene ejecutores que se diferencian en la practica por el
seguimiento a un color pero en el transfondo los determinadores no tienen
diferencias profundas en materia política (no existen diferencias entre
conservadores y liberales en la concepción de estructuras de poder). Por eso la
violencia la sufren los “de la base” mientras los jefes de los Directorios
Políticos se acompañan en la repartición
de la burocracia incrementando el caudillismo, el caciquismo y el clientelismo.
El
sectarismo bipartidista dejó cualquier otra expresión política por fuera del
juego de la democracia lo que devino en la ampliación de la violencia como
elemento de participación política. Al cierre de las vías electorales a muchos
les tocó recurrir a la vía más dolorosa: la vía armada para desde allí buscar
los cambios que no pudieron proponer desde espacios civilistas dentro del
régimen democrático. Pero a pesar de todo este tiempo signado por la violencia
como expresión política, los mecanismos de participación democrática-así sea
restringida- han permanecido para legitimar el régimen.
Marx
dice que “la violencia es la partera de la historia” y en el caso colombiano la
violencia es la partera de nuevos elementos democráticos ya que se ha
demostrado que la vía armada no es el mecanismo idóneo para la transformación
de las estructuras de poder y podemos decir que con la violencia no acabamos
los tiranos, tan solo los cambiamos.
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