En la cintura del Continente muchos hemos mirado el paradigma, hemos crecido al calor de su ejemplo y ha sido la inspiración para construir nuestros sueños. De esa vesúvica región ha dimanado en diferentes épocas la luz que ilumina el camino de la lucha en el resto del Nuestra América. Para muchos de nosotros gracias a la actividad armada en Centroamérica la pólvora era elemento fecundo que preñada de rebeldía tomaba posesión de la ilusión de cambio.
La modalidad de lucha que el FMLN intentó darle al proceso, estuvo marcada por la lucha armada en perspectiva a lo insurreccional, se mantuvo como objetivo ideal y último la derrota militar total del enemigo. Al transcurrir de los años se prolongó el conflicto, el objetivo último fue perdiendo lentamente su perspectiva real, le dio paso el hecho de que cada una de las fuerzas, pero sobre todo la fuerza insurgente, expresó su voluntad de darle al conflicto salvadoreño una salida negociada.
Aunque inicialmente la idea fue concebida como parte de la estrategia político-diplomática (componente que básicamente servía para legitimar el conflicto armado dentro y fuera del país), poco a poco esta forma de ver una posibilidad de terminar con el conflicto se les fue convirtiendo en realidad. El empate militar, el final “sin vencedores ni vencidos” como lo expresa Joaquín Villalobos es la expresión del triunfo de la diplomacia política en medio de la guerra.
Hoy, un nuevo eslabón de la cadena fortalecida de la izquierda democrática que va uniendo a la América Latina se produjo en El Salvador. Sí, en el mismo país de Farabundo Martí, de Monseñor Romero, de Modesto Ramírez, de Roque Dalton, de tantos otros que en la lucha por la democracia ofrendaron sus vidas. Este nuevo eslabón no se dio con la lucha armada, se dio en el escenario de la lucha democrática y con la utilización de la palabra como elemento poderoso de atracción de las mayorías
Cuando nuevos aires llegaron al FMLN y se dejó a un lado la petulancia vanguardista promovida por Shafick Handal se hizo posible acariciar el poder, tal vez ese dogmatismo religioso del Partido Comunista de El Salvador arrastraba a todo el FMLN y ese lastre imposibilitaba el acceso al triunfo nacional por que era un hecho el ascendente del poder local. Con Shafick conduciendo el FMLN no había verdadera vocación de poder por que no querían ser poder ya que estaban acostumbrados a criticar pero no a actuar en el poder. Hoy con Funes y sin Shafick es una realidad el triunfo construido desde el escenario armado pero realizado dentro de la democracia.
Ese triunfo del FMLN tiene lecciones que debemos aprender: Por un lado el dogmatismo, que es una anticiencia, no deja que muchos sectores se acerquen a una opción política de cambio; querer que todos los revolucionarios sean comunistas es cerrar posibilidades de sumar en perspectiva del triunfo. La izquierda democrática debe ser el contenedor que reciba todo el cúmulo de gentes esperanzadas en la construcción de alternativas de poder, ese contenido ha de sumar expresado en la práctica en el escenario electoral; contenido y contenedor deben ser expresión de amplitud, pluralismo y praxis democrática, sin esto no hay posibilidad de crecer y llegar a ser poder.
La otra gran lección es que las armas dejan de ser opción real de poder más cuando no cuentan con el apoyo de la población y teniendo en cuenta que la táctica armada en Colombia pasa por la acción insurreccional que es la que más demanda del apoyo de las masas. La lucha armada pierde significado cuando no consulta la realidad política del país, la combinación de todas las formas de lucha es considerada para espacios en que la democracia no permite expresión de corrientes políticas diferentes a las del establecimiento (sea éste de derecha o de izquierda). La acción armada se deslegitima en escenarios de participación democrática ya que es vista por las mayorías como simple elemento terrorista, su acción dimana una no-simpatía que afecta a los actores políticos legales de la izquierda.
La lucha armada se convierte en lastre el cual tiene que ser arrastrado por la izquierda democrática con efectos negativos en la apreciación de la opinión pública que concatena de manera irracional izquierda-comunismo-guerrilla sin hacer diferenciaciones de tipo político y práctico. Se ha de desligar la lucha armada de la lucha legal, no se puede tener un pie en la clandestinidad y otro en la legalidad ya que esto no permite avanzar en sentido estricto hacia el objetivo más noble: la construcción de una nueva sociedad. Si El Salvador venció, sin duda alguna Colombia vencerá pero el camino será el de la lucha política abierta, el de la civilidad, el de la democracia.
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